“No puedo vivir sin mi patria”

caida-urssQuien eso decía, se referían a la URSS.

Cuando hablamos de hechos históricos, más aún cuando lo hacemos para explicar la política internacional, casi siempre nos quedamos en lo macro y olvidamos bajar a lo micro.

El derrumbe de la Unión Soviética, un imperio artificial unido gracias a una telaraña de acero, terror y miseria, supuso para las personas que vivían en ella el desconcierto y la orfandad. Habían nacido, la mayoría, y vivido, bajo la bota soviética, en un régimen férreo en el que todos los ciudadanos eran comisarios políticos y donde la verdad no era tal sino una construcción imaginativa y una recreación de utopías para ilusos.

Cuando los habitantes del país se dieron de bruces con la realidad, su vida se hizo cenizas –la imagen de arriba es muy significativa–; para ellos, la noticia fue un caos; de alguna forma, sus vidas quedaban atrás.

Decía al principio que, al expirar los hechos políticos e históricos, nunca bajamos a la arena. Damos razones y consecuencias, peor nunca hablamos –tal vez, nunca pensamos– de lo que ocurrió con las personas que sufrieron las consecuencias. Todo lo más, aportamos cifras, estadísticas y datos generales, pero no buscamos el lado humano, el que nos removería las tripas y dejaría al desnudo nuestra alma.

La desintegración de la URSS provocó “el fin de la Historia”, Fukuyama dixit, aunque luego veríamos que estaba equivocado, pero también constituyó un drama para millones de personas que, de la noche a la mañana, se vieron sin patria cuando toda su vida se centraba en ella: una patria que ellos no sabían que era artificial y algún día caducaría.

Tras el derrumbe, nació una Federación Rusa entregada a la mafia –que no al capitalismo– y al “sálvese quien pueda”. Esa misma Rusia que hoy disfruta de un gobernante electo pero perpetuado en el poder, y si no, al tiempo, y que dedica recursos gigantescos a desestabilizar el mundo que odia y al que considera responsable de todos sus males: Occidente.

Putin quiere devolver el sentimiento de imperio a los rusos, de grandeza, de potencia. Y ha empezado por nombrarse zar bajo el título de presidente.

Esto no es flor de un día. Esta enemistad con el Primer Mundo va para largo.

Observador en las elecciones legislativas de Colombia

Ayer participé como observador, dentro de la Misión de Observación Internacional, en las elecciones legislativas de Colombia.

Lo histórico de estas elecciones ha sido la participación de las FARC como partido político. Sin embargo, a veces la Historia se escribe con anécdotas y ayer, la anécdota fue que la Registraduría facilitó, en determinadas circunscripciones, menos tarjetones electorales de candidatos a las consultas interpartidistas de los necesarios, lo que se convirtió en la noticia del día.

Otra de las noticias fue que las FARC, que se pensaba que obtendrían al menos el 5 por ciento, mínimo para tener representación, no alcanzaron la cifra y se tendrán que conformar con los diputados y senadores regalados de antemano, cinco en cada caso.

La misión de observación, en mi caso, fue toda una experiencia; no sólo por la actividad que hemos desarrollado estos días, que ha sido intensa, sino por el grupo en el que hemos hecho nuestro trabajo, seis españoles y un costarricense –también tienen lo suyo en Costa Rica en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, dentro de unas semanas: elegir entre lo malo y lo peor– que, junto con el equipo de coordinadoras, hemos vivido unas horas muy enriquecedoras.

De hecho, comíamos con dos de los nueve magistrados del Consejo Electoral cuando se produjo la noticia de la falta de tarjetones, y tuvimos la oportunidad de vivir de primera mano el proceso de toma de decisiones –ninguna solución era buena–.

Escribiré más sobre Colombia y sobre estas jornadas. Ahora toca aprovechar el día con reuniones en la Universidad de La Sabana.