“No puedo vivir sin mi patria”

caida-urssQuien eso decía, se referían a la URSS.

Cuando hablamos de hechos históricos, más aún cuando lo hacemos para explicar la política internacional, casi siempre nos quedamos en lo macro y olvidamos bajar a lo micro.

El derrumbe de la Unión Soviética, un imperio artificial unido gracias a una telaraña de acero, terror y miseria, supuso para las personas que vivían en ella el desconcierto y la orfandad. Habían nacido, la mayoría, y vivido, bajo la bota soviética, en un régimen férreo en el que todos los ciudadanos eran comisarios políticos y donde la verdad no era tal sino una construcción imaginativa y una recreación de utopías para ilusos.

Cuando los habitantes del país se dieron de bruces con la realidad, su vida se hizo cenizas –la imagen de arriba es muy significativa–; para ellos, la noticia fue un caos; de alguna forma, sus vidas quedaban atrás.

Decía al principio que, al expirar los hechos políticos e históricos, nunca bajamos a la arena. Damos razones y consecuencias, peor nunca hablamos –tal vez, nunca pensamos– de lo que ocurrió con las personas que sufrieron las consecuencias. Todo lo más, aportamos cifras, estadísticas y datos generales, pero no buscamos el lado humano, el que nos removería las tripas y dejaría al desnudo nuestra alma.

La desintegración de la URSS provocó “el fin de la Historia”, Fukuyama dixit, aunque luego veríamos que estaba equivocado, pero también constituyó un drama para millones de personas que, de la noche a la mañana, se vieron sin patria cuando toda su vida se centraba en ella: una patria que ellos no sabían que era artificial y algún día caducaría.

Tras el derrumbe, nació una Federación Rusa entregada a la mafia –que no al capitalismo– y al “sálvese quien pueda”. Esa misma Rusia que hoy disfruta de un gobernante electo pero perpetuado en el poder, y si no, al tiempo, y que dedica recursos gigantescos a desestabilizar el mundo que odia y al que considera responsable de todos sus males: Occidente.

Putin quiere devolver el sentimiento de imperio a los rusos, de grandeza, de potencia. Y ha empezado por nombrarse zar bajo el título de presidente.

Esto no es flor de un día. Esta enemistad con el Primer Mundo va para largo.

La Rusia de Putin

Dos libros que acabo de leer, La nueva Rusia, de Peter Pomeranstev, y El fin del “Homo sovieticus”, de Svetlana Aleksiévich, nos hacen un retrato de Rusia. El primero, de la Rusia de Putin y su aparato propagandístico;

el segundo, de las dos Rusias que hoy conviven –es un decir– en la Federación Rusa del siglo XXI.

Este país es hoy una autocracia que trata de reverdecer el Imperio zarista y a su heredera, la URSS, bajo la bota de un exagente del KGB que, gracias a un extraordinario entramado propagandístico, se hizo con el poder en país en el año 2000 y ya no lo va a soltar jamás de forma voluntaria, ejerciendo en Rusia un régimen personalista y despótico que no permite la crítica seria y, mucho menos, una oposición estructurada y real.

Las razones por las que los rusos apoyan al autócrata son difíciles de analizar en su totalidad, pero leyendo el libro de Aleksiévich podrás observar cómo en la Federación Rusa hay una dicotomía entre los que añoran la Unión Soviética y los que adoraron a Gorvachov, y tal vez Putin haya sabido aglutinar a ambas partes engañándolas a las dos gracias a su aparato de propaganda en forma de medios de comunicación, del que puedes conocer más en el libro de Pomerantsev.

Dice esta autora que durante setenta años, el laboratorio marxista leninista creó un “homo sovieticus”, un singular tipo de persona que no conocía nada más allá de las fronteras del espacio soviético. Tras el derrumbe del imperio, esa persona, ese “homo sovieticus” quedó atrapado en el pasado y trató de sobrevivir en un mundo ahora hostil y despiad

La nueva Rusia

ado.

Sin embargo, los que no habían sucumbido a las presuntas delicias del comunismo, vieron en Gorvachov, en su perestroika y en su glasnost, un soplo de vida. Unos y otros sufrieron, tras 10991, el surgimiento de las mafias y la conversión de su economía dirigida en una clase de economía capitalista mafiosa.

Putin, al llegar al poder, puso cerco a las mafias particulares y las elevó a categoría de Estado, rememorando al rey Sol, “El estado soy yo”, y se declaró amo de todo. Pero tuvo la capacidad de devolver a los rusos la sensación de importancia como bloque que había perdido tras la desintegración el estado soviético.

Hoy, Putin ha hecho de su país una autocracia –lo más parecido a una dictadura– que quiere recuperar su posición de prestigio en el orden mundial. En el interior, proyecta una

imagen de seguridad inigualable, dando la sensación de ser ese gran líder que Rusia necesita. Fuera de las fronteras rusas, hace todo lo posible por ensuciar la vida internacional, convirtiendo a Rusia en un Estado gamberro –por decirlo suavemente–. Y para ser potencia mundial, no duda en enfangar el terreno de las relaciones internacionales.

Aún siendo una serie de televisión, la temporada más reciente de Homeland hace un relato muy creíble de las ambiciones del jefe del Estado ruso y de sus maneras en la arena internacional.