Ecuador abandona el ALBA

Ecuador anuncia que abandona la Alianza Bolivariana de los Pueblos de Nuestra América, en clara repulsa a la situación en Venezuela en este duro momento para esta última nación.

“Ecuador no continuará su participación dentro de la Alba”, dijo el ministro de Relaciones Exteriores, José Valencia –en la imagen– y explicó que con ello su país quiere “reforzar” la búsqueda de una solución al problema de Venezuela.

La Alba nació en 2004 como un instrumento de cooperación de los países de América Latina y el Caribe basado en la solidaridad y en la complementariedad de las economías nacionales, y constituía una alternativa al Área de Libre Comercio para las Américas (ALCA) impulsada entonces por Estados Unidos.

Con Venezuela como líder, la pertenencia de Ecuador a esta organización empezó a estar en tela de juicio desde la llegada de Lenín Moreno al poder en mayo de 2017, y en círculos políticos y diplomáticos se decía que era una cuestión de tiempo que la abandonase.

La organización bolivariana ideada por el difunto Chávez para llevar a la práctica su “socialismo del siglo XXI” pierde fuelle tras este anuncio, que no es otra cosa sino la clara constatación de dos cosas: la situación de Venezuela es insostenible y a Maduro no le queda escapatoria posible a su demencial forma de gobierno, y que Moreno pone distancia con el chavismo y con Correa, aliado del anterior y difunto jefe de Estado y de Maduro; previsiblemente, también de las formas y maneras de los actuales bolivarianos, cuyos mandatos sólo han contribuido al empobrecimiento de la Región; en especial, de los países envueltos en esta alianza.

Las malas noticias que llegan del país venezolano se contraponen con un arranque de sentido común de los gobernantes de Ecuador.

La percepción de inseguridad en América Latina y Caribe a través de los medios de comunicación

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Acaban de publicarme este artículo en Vox Localis, la revista de la Unión Iberoamericana de Municipios, en cuyo encuentro de julio voy a participar hablando de esto, precisamente. Este XXIII Encuentro Iberoamericano de autoridades locales: paz y seguridad ciudadana hablaremos de seguridad en Latinoamérica y sus municipios durante cinco días, bajo la consigna “El papel de las autoridades locales en la consecución del objetivo de desarrollo sostenible (ODS) 16: promover sociedades pacíficas e inclusivas desde el municipio”, y que reunirá a autoridades locales de 23 naciones en las ciudades mexicanas del Estado de Veracruz: Medellín de Bravo y Orizaba.

El artículo trata sobre la influencia que tienen los medios de comunicación en la región de América Latina y Caribe (recuerdo que en el Caribe hay países no latinos, de ahí que sea necesario incluirla como una zona específica).

Ya escribí sobre el asunto para un libro publicado por el instituto Universitario Gutiérrez Mellado, de la UNED y para la ACOP. Hoy, he actualizado datos y aporto alguna perspectiva distinta, pero con las mismas conclusiones: los medios no son culpables, pero sirven como medio para amplificar esa sensación.

Podéis leer el artículo en Vox Localis.

Perdón, justicia, reparación y verdad (y IV)

Un café en el Marriot

Así podría titularse esta cuarta y última entrega, a la que se podría añadir “y las conclusiones”, aunque esto sea algo pretencioso.

El hombre clave

El lunes fui a un centro comercial cercano al hotel a comprar El hombre clave (imagen de la izquierda). Me lo había recomendado un asesor de la gobernadora del Departamento del Meta y lo encontré en la Librería Panamericana.

Al volver al hotel, me di cuenta de que me estaban buscando varios asesores de uno de los altos funcionarios de una institución clave en Colombia. El magistrado, que había organizado nuestro viaje, quería hablar conmigo.

Dicho y hecho; me reuní con él a tomar café y hablar en confianza. En unos treinta minutos, le hice un resumen de la vivencia del fin de semana. De la posición de las FARC, en la parte que conocí, de sus problemas actuales, su postura y sus miedos. De sus ganas de reintegrarse en la sociedad y ser productivos en vez de asesinos. También le hablé de mi conversación con la Gobernadora y con el conductor. Todo ello está en las entregas anteriores.

Me preguntó por el poblado, por las condiciones de vida y por la existencia o no de niños; ahí me di cuenta de que la vivencia que habíamos tenido las dos personas que habíamos ido a Mesetas era todo un lujo: él no ha estado; pregunta para conocer –eso hace que te agradezca aún más la gran oportunidad–.

Hay niños, sí. Se ve vida normal, le dije. Tal vez ellos sean el nexo de unión con el resto de la sociedad. En el monte, los guerrilleros tenían prohibido tener hijos; ahora, sin embargo, los tienen. Han formado familias y cuando uno se hace responsable de hijos, la perspectiva cambia de forma natural y lógica.

También me preguntó por su intención de votar. Lo habían hecho 80 en primera vuelta y lo harán, de idéntica forma, los mismos ochenta en segunda. Se da la circunstancia curiosa de que algunos pueden formar parte de las listas electorales, pero no pueden votar por estar condenados por delitos de lesa humanidad. Tomó nota de esa paradoja.

Coincidimos los dos en que el proceso de paz es ya irreversible; yo le confesé que mi percepción había cambiado y que, aunque tras leer los acuerdos de La Habana pensé que había cosas inasumibles, estaba convencido –lo estoy– de que no hay vuelta atrás y de que es lo mejor que puede pasar a la sociedad colombiana. Tienen derecho a una reparación, pero también a mirar adelante.

No coincidimos en algo: los territorios. La cesión de terrenos a los exguerrilleros puede ser un problema, en mi opinión; él piensa que es la mejor solución para ayudarles a reintegrarse en la sociedad. Yo creo que los demás ciudadanos también lo necesitarían. Pero acepto su opinión por encima de la mía porque él conoce Colombia; yo sólo soy un aprendiz, por  más que me guste el país y, sobre todo, sus habitantes.

El documento de acuerdos es largo, 310 páginas, y no es perfecto, pero es el camino. El proceso se inició con Uribe, de una forma, y se culminó con Santos, de otra. El libro cuya imagen ilustra esta publicación es esclarecedor de las distintas posturas y, aunque con errores de redacción, es muy recomendable y se lee rápido.

Duque es el nuevo presidente electo; dice que revisará los acuerdos; si es para perfeccionarlos, adelante, pero debería hacerlo bajo la perspectiva de que la paz es un bien irrenunciable y de que los colombianos se merecen enterrar a sus muertos y seguir adelante. Se enfrenta, lo hablamos en esta conversación, a una difícil tarea: reducir la pobreza y la desigualdad. Fueron dos de los factores que llevaron a los guerrilleros a echarse al monte, lo cual no les justifica de ninguna manera.

También tiene que solucionar los tres frentes de las FARC (los 1, 7 y 40) que han vuelto a ese monte, los disidentes, que ahora se dedicarán a la cocaína y a la delincuencia en general en cuerpo y alma. Sólo son novecientos, pero están organizados. Que no crezcan; al revés, que desaparezcan, por vía legal, cuanto antes. La paz no tiene vuelta atrás. Colombia lo necesita.

Perdón, justicia, reparación y verdad (III)

Este asunto sólo iba a tener tres entradas; sin embargo, un café el lunes en Bogotá con un alto funcionario del Estado colombiano creó una cuarta. Pero vamos con esta, la tercera.

Militares colombianosÉl –omito el nombre, pero no es anónimo– fue nuestro conductor el pasado fin de semana; en esos días, escuchó mucho y habló poco; como buen conductor oficial es consciente de que la discreción en ese oficio es una de las claves.

Sabía que había sido militar profesional en el Ejército colombiano durante ocho años, pero no era consciente de que esos años los pasó en lucha directa contra las FARC.

Sin embargo, el domingo comimos sólo cuatro de nosotros y, en familia, tuve la ocasión de hablar con él con más profundidad mientras degustábamos una carne “mamona” –de ternera, para los malpensados– y algún otro producto de la región, en un municipio a las afueras de Villavicencio, la capital del Departamento del Meta.

Así, entre risas y bromas, también llegó el momento de la seriedad. Charlábamos en confianza, con la libertad de opinar, pensar y sentir sin restricciones. Al final de la comida, mientras degustábamos un tinto –café solo–, empezó a hablar de su experiencia.

Había pasado esos ocho años de servicio “dándose plomo” con las FARC; es decir, combatiendo de frente, “a penas a unos metros”, jugándose la vida. Matando y muriendo cada día un poco. Una bala a pocos centímetros de sus testículos atestiguan su lucha armada en el Ejército, la misma bala que le hizo causar baja en esas fuerzas que eran su vida.

Lloró el día que dejó de vestir el uniforme y lo echa de menos, pero  no quiere ni de lejos que sus hijos sigan su camino: “Que estudien y salgan de esto”. De baja estatura, complexión fuerte y amabilidad por bandera, ama su antigua profesión pero no para ellos.

Desde que acabó la guerra, en palabras de los acuerdos de paz, ha reconocido a algunos de los hoy excombatientes –de nuevo, terminología de los acuerdos– con los que se enfrentó a tiros en el monte y aún no ha superado esa sensación que uno tiene frente al enemigo. Cuesta perdonar a quienes mataban, y a quienes lo hirieron gravemente, y a quienes hicieron imposible la vida en el país.

Sin embargo, reconoce que hay que avanzar hacia la paz; que es lo mejor, a pesar de no poder olvidar esas caras de los guerrilleros a los que se enfrentaba a vida o muerte, de tenerlas presentes cada día. Les disparó, le dispararon. Mató en combate; vio morir a compañeros. Tuvo a tiro a niños guerrilleros y no pudo disparar, hasta que tuvo que aprender a hacerlo.

La huella del conflicto es profunda en su corazón, pero reconoce que quiere la paz para sus hijos. Y para su mujer –se casa esta semana–. Es la visión de un combatiente, de un soldado que lo dio todo por alcanzar la victoria.

Perdón, justicia, reparación y verdad (II)

En la segunda parte de esta publicación quiero traeros el punto de vista del gobierno del Departamento del Meta (una “comunidad autónoma” en términos españoles). El domingo, día 17, tras la inauguración de la jornada electoral en el Departamento, en la capital Villavicencio, la gobernadora Marcela Amaya nos recibió a una compañera, Sonia Alda, y a mí, en su despacho durante más de una hora.

En ese tiempo tuvimos la ocasión de hablar de políticas públicas, de las relacionadas con los exguerrilleros, y de nuestro interés académico en esas políticas y en el proceso de paz consecuencia de los acuerdos de La Habana.

Cabe recordar que en esta región se originó el conflicto cinco décadas atrás y que el Departamento es el que más ha sufrido las consecuencias de esa guerra que reconocen los acuerdos de paz

La gobernadora Amaya nos contó, con ilusión y convencimiento, de primera mano, cómo la mayor parte de la población son víctimas directas de las FARC y, sin embargo, considera que no hay vuelta atrás en el proceso de paz.

Una  mujer entusiasta, llena de ideas, con fuerza y ganas, y rodeada de  buenos asesores –gracias Andrés; aprendí mucho escuchándote durante el viaje a Mesetas; estoy tratando de comprar El hombre clave; lo tengo localizado–, hace votos para que la región, tras los acuerdos, salga de la pobreza y, por fin, el Estado y el gobierno regional puedan avanzar, crear infraestructuras y mejorar el tejido productivo en paz y reconciliación.

Su Plan de Desarrollo “El Meta, Tierra de Oportunidades con Inclusión, Reconciliación y Equidad” quiere recuperar la vocación agrícola y pecuaria, con un sentido turístico de preservación y en la búsqueda de posicionar al Departamento en lo más alto de la economía colombiana, y generar progreso, bienestar y calidad de vida a todos los ciudadanos de la región.

Nos habló también de “Gobernación sobre Ruedas”, una  iniciativa para llevar la Administración Departamental a los municipios y a los ciudadanos; y da resultado con muy bajo presupuesto. La bajada del precio del petróleo ha supuesto un duro golpe para Meta, y este proyecto lleva la gobernanza, con bajo coste, a los ciudadanos de pueblos que antes estaban bajo la bota de las FARC, y a otros pueblos.

Ella, Marcela Amaya, vota paz, reconciliación y futuro. Es el punto de vista de una gobernante.

Perdón, justicia, reparación y verdad (I)

Alfredo FARCNo es la primera vez que viajo a Colombia; de hecho, en este año ya han sido varias y las tres últimas, con motivo de diversos procesos electorales, han sido enormemente enriquecedoras para mí porque he podido conocer de cerca el sistema  político del país y el proceso de paz.

Cuando escribo esto está empezando la segunda vuelta de las elecciones presidenciales y, por tanto, aún  no hay presidente (cuando lo transcribo, sí, pero prefiero mantener la redacción original, si bien hay que felicitar a Duque por su victoria). Sin embargo, a finales de agosto habrá un nuevo presidente y, da igual quien sea, se enfrentará a una serie de problemas de los que quiero centrarme en uno: el ya comentado proceso de paz, unos acuerdos de trescientos folios en los que hay sensatez mezclada con oportunismo.

En poco tiempo se instalará –en el decir de aquí–, se inaugurará la jornada electoral y en ella participaré como observador, esta vez en el Departamento del Meta; sin embargo, la jornada más interesante para mí fue la que viví ayer en un asentamiento de las FARC en Mesetas; precisamente en el que se llevó a  cabo el desarme de este grupo terrorista.

Hicimos un viaje largo para encontrarnos, gracias a las autoridades nacionales y locales y a la misión de Naciones Unidas, con algunos líderes de las hoy FARC política, herederas directas de las anteriores.

En estos tres días he conocido tres versiones de esa guerra: la de los guerrilleros, la de los militares y la de las autoridades del Departamento del Meta –tras una reunión con la gobernadora–.

De la larga, interesante y productiva reunión con las FARC, saqué varias consecuencias. Las otras dos versiones las dejaré para otras publicaciones más adelante.

La primera consecuencia es que un exceso de empatía con tu interlocutor puede llevarte a perder la perspectiva. Luz Marina, la líder electa del poblado en que se asientan las FARC, de rojo en la imagen inferior, tiene una personalidad arrolladora; sin embargo, cuando uno habla con ella debe recordar que está condenada a 42 años por delitos de lesa humanidad, entre otros: asesinato y secuestro, además de rebelión, y alguno  más.

Luz Marina - FARC

Estuvimos hablando varias horas; se comportó como una anfitriona perfecta, e incluso se preocupaba de la lluvia y de su pelo. Llegó a contar hasta parte de su vida personal y sentimental. En la cárcel, catorce años, se formó intelectualmente y lo demuestra en la conversación: sabe lo que dice y dice lo que sabe.

Luz Marina mostraba su arrepentimiento; y, de forma sensata, reconocía el daño, el error grave del camino tomado en su día en más de cinco décadas de conflicto, y a las víctimas.

(Recuerda, Alfredo: es una asesina y secuestradora confesa y convicta; que su buen hablar y buen hacer ahora no te haga olvidar el pasado de una forma lesiva para las  víctimas.)

También hablamos con un exguerrillero que, aún aceptando y abrazando su nueva vida, está anclado en el pasado: Che, Chávez, Fidel, y ese elenco de marxistas que tanto daño han hecho en la Región. Sigue soñando con los paraísos cubano, venezolano y norcoreano, y piensa que las elecciones están amañadas sólo porque se ha creído una noticia falsa que ha leído en Twitter. El tercero en la conversación fue un exterrorista joven, del final, con una mente más abierta.

Todos ellos están estudiando y algunos, como este último, tienen sus miras en una  carrera universitaria. Todos, sin excepción, están preocupados por su futuro judicial y profesional.

En el poblado hay niños, cuarenta y seis. Ya pueden tener relaciones sexuales no sólo por mero placer sino para tener hijos; antes, en el monte, lo tenían prohibido. Tal vez estas nuevas familias sean el inicio de una vida distinta.

También hay perros y gatos, que se acercan a ti a saludarte ya jugar, y que forman parte de un espacio diseñado para la reinserción y en el que se dan proyectos productivos de todo tipo, a la espera de la financiación gubernamental y de Noruega, que ha prohijado este proceso. La burocracia es larga, pero llegará el dinero.

En la conversación, que inevitablemente se me fue casi siempre hacia ella, me rechinaba escuchar “la guerra” porque lo trasladaba a España y no podía dejar de evitar pensar en el significado de la palabra. También hablaba de excombatientes y la palabra también me hacía daño al oído. Para mí, la palabra adecuada sería terroristas; todo lo más, exterroristas; sin embargo, el acuerdo de paz lo llama así: guerra y excombatientes.

Conocí sus proyectos de futuro, sus ideas sobre las FARC como partido político; reconocieron que les falta mucho para intentar ser un partido de gobierno, “Nos estamos formando ahora; nos queda mucho por hacer”, pero no renuncian al marxismo leninismo como proyecto para Colombia; tal vez cuando lleven un tiempo en la realidad y vean los resultados, cambien, pero no soy optimista.

Nos hablaron de sus problemas actuales. La vida no es fácil para ellos, y no lo va a ser en un futuro próximo.

(Alfredo: recuerda que ellos no facilitaron la vida a sus víctimas; ten cuidado con la empatía.)

También relataron sus historias personales y hablaron de sus familias y sus miras de futuro. Al fin y al cabo, son personas; personas que han hecho mucho daño a otras personas, por el que tienen que pagar –obligatoriamente– y pedir perdón –lo hacen–.

Perdón, justicia, reparación y verdad son los pilares de este proceso. Ellos, los exterroristas, exguerrilleros, excombatientes, o como queráis llamarlos, deben pedir perdón a las víctimas, recibir justicia –transicional, pero justicia–, reparar en lo posible  el daño causado y decir la verdad; es decir, contar a las víctimas dónde están sus familiares muertos o desaparecidos.

Mientras Daniel Ortega y Rosario Murillo gobiernen “la paz será imposible” en Nicaragua

Os dejo la entrevista que me hizo Alnavio:

Leticia Núñez (ALN).- La policía y el Ejército deben hacer valer su fuerza para detener las atrocidades y combatir a los francotiradores. Lo dice Alfredo Rodríguez, director del Máster en Políticas Públicas de Seguridad en la Universidad Camilo José Cela. En declaraciones al diario ALnavío, sostiene que Ortega “nunca ha creído en el diálogo” y que su salida del poder será obligada.

5711_efespeleven851974_thumb_675No tiene una bola de cristal. Pero Alfredo Rodríguez, director del Máster en Políticas Públicas de Seguridad en la Universidad Camilo José Cela (Madrid), vaticina que el fin de la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo está próximo. “Tardará unas semanas”, dice en esta entrevista con el diario ALnavío.

Recuerda que Ortega ha perdido el apoyo de la ciudadanía, de la Iglesia y de los empresarios. Además, el Ejército rechazó participar en la represión que desde el pasado 18 de abril ha causado 127 muertos, según datos del Centro Nicaragüense de Derechos Humanos (Cenidh). Por ello, el experto considera que Ortega tiene que dimitir. “Sin duda”, asegura.

En su opinión, el mandatario “nunca ha creído en el diálogo, así que esa no es la salida a su mandato. Será una salida obligada”. En este sentido, apunta que la presión social “hará que el matrimonio acabe dejando el poder y negociando un lugar donde vivir alejados del peso de la ley”.

– Tras casi dos meses de protestas, ¿tiene que dimitir Daniel Ortega?

– Sin duda. Ha perdido el apoyo de la ciudadanía, de la Iglesia, de los empresarios y de la clase política. Ortega perdió hace tiempo el contacto con esa Nicaragua a la que dice amar y, ahora, la está masacrando.

– ¿Todas las opciones de solución pacífica a la crisis pasan por la salida de Ortega y Murillo?

– Sin duda. Mientras la pareja siga gobernando el país, la paz será imposible. Especialmente, la vicepresidenta de la República, de quien desde hace tiempo se dice que es la verdadera mandataria del país, y que Ortega es su brazo ejecutor.

– ¿Hasta qué punto queda debilitado Ortega por el rechazo del Ejército a participar en la represión?

– La pérdida de confianza del Ejército, es decir, de las Fuerzas Armadas, es crucial. Significa la pérdida de uno de sus principales apoyos.

– ¿Puede haber borrón y cuenta nueva? Es decir, ¿ve probable que el Gobierno se mantenga en el poder ofreciendo concesiones al sector privado?

– No lo creo. Está suficientemente desgastado y las represiones sangrientas de manifestaciones no son más que una salida hacia adelante. En el mandato anterior, Ortega prefirió no enfrentarse al sector privado y estableció una sociedad, un apoyo mutuo que se tradujo en beneficios tanto para el empresariado como para el Gobierno. Su falta de apoyo actual parece definitiva hasta una solución democrática posterior.

– Empresarios, Iglesia y estudiantes están contra Ortega. ¿Es un momento histórico?

– Lo es. Como dije antes, contaba con el apoyo de estos sectores, pero hoy lo ha perdido y eso es una novedad en Nicaragua.

– ¿Qué más hace falta para que deje el poder?

– Ortega nunca ha creído en el diálogo, así que no es esa la salida a su mandato. Será una salida obligada. En mi opinión, el Ejército y la Policía son un instrumento de presión. Sin su apoyo, la dictadura se vendrá abajo. Además, la presión social y de los movimientos juveniles, junto con el resto de la sociedad civil, hará que el matrimonio acabe dejando el poder y negociando un lugar donde vivir alejados del peso de la ley.

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– ¿Qué similitudes y qué diferencias ve entre la situación actual en Nicaragua y la de Venezuela en 2017?

– Dice un refrán que las comparaciones son odiosas, pero en este caso, hay algunos paralelismos. Ideologías marxistas populistas, que han ido de la mano, junto con Cuba y otros gobernantes de la región. Entre la violencia política que se generó de forma generalizada en Nicaragua el 18 de abril y la que se produjo en Venezuela de abril a julio del pasado año, hay elementos coincidentes, como el levantamiento del movimiento juvenil, la rumorología, francotiradores para reprimir las manifestaciones y grupos armados para alentar las revueltas.

– ¿A Daniel Ortega sólo le queda el apoyo internacional de Nicolás Maduro?

– No puede tener más apoyo que el de Nicolás Maduro y, en silencio al menos, el del régimen cubano, que ven en la oposición la culpable de los males de Nicaragua.

– Distintos organismos internacionales, como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, han denunciado las “atrocidades” del régimen de Ortega. Ya van 127 muertos. ¿Cómo se puede detener tan sangrienta represión?

– La policía y el Ejército deben hacer valer su fuerza para detener estas atrocidades y combatir a los grupos armados y a los francotiradores.

– ¿Tiene el régimen de Ortega los días contados?

– En mi opinión, aún tardará unas semanas, pero estimo que es el fin de la dictadura de Ortega y Murillo.

 

Ganó Duque, pasó Petro

cc619a62-6607-472c-be5a-06dd90fe4713En estos días preelectorales en Colombia se rumoreaba cambios sustanciales con respecto a as encuestas. Las espadas estaban en alto y parecía que Petro podía ganar la primera vuelta de las presidenciales.

Presencié el cierre en las centenas de mesas de Corferias, en Bogotá, y el recuento de las mesas, con una bajísima participación –en algunas, 12 votos de 1200 posibles; en otras no alcanzaba el 30 por ciento– y las papeletas daban clara ventaja a dos candidatos: Petro y Fajardo. Pero sabía que esas mesas no eran representativas del resto de Colombia. En las elecciones legislativas de marzo pasó algo parecido. Y, sin embargo, aquello reflejaba los rumores en Bogotá en los últimos días.

Finalmente, el recuento global dio como resultado lo que parecía una consecuencia lógica de las encuestas: Duque, con más del 39 por ciento, y Petro, con más del 24, a segunda vuelta, y Fajardo a un punto de distancia de Petro. También trajo el fracaso inexorable de Vargas Llera y el santismo.

Colombia volverá a las urnas el 17 de junio para elegir entre los conservadores y los izquierdistas, y todo hace presagiar, por los resultados de ayer, que será una disputa muy cerrada.

En lo personal, ha sido toda una experiencia que no me hubiera gustado perderme, así que gracias al Consejo Nacional Electoral, y en especial al magistrado Alexander Vega y a su equipo.

Elecciones en Colombia

41a50489-1d42-4110-baf4-91b3aeeab131Estoy en Bogotá, donde participo como observador internacional, esta vez en las elecciones presidenciales de Colombia, invitado de nuevo por el Consejo Nacional Electoral.

Llevo aquí desde el jueves, participando en diversas actividades; entre otras, la recepción que a un pequeño grupo de observadores –académicos y políticos– y de acompañantes de la UE, nos dio el presidente de la República, Juan Manuel Santos.

Para mí es un honor estar en estas elecciones, como lo fue en las legislativas e interpartidistas de marzo; especialmente en estos momentos en los que Colombia va a las urnas con las FARC desactivadas –¿del todo?– como grupo terrorista y activadas y fracasadas como partido político: en las legislativas, a penas obtuvo 90.000 votos, frente a los 2,5 a 1,4 millonesde los demás partidos.

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En estos días se debate que algunos de los candidatos presidenciales, si ganan hoy o en segunda vuelta, o balotaje, darían pasos atrás en los acuerdos de paz con las FARC. Santos, el viernes, en la mesa de la imagen superior, nos decía que eso es imposible ya que se incorporó a la legislación constitucional y el proceso está garantizado para, al menos, tres legislaturas.

Sin embargo, Duque, principal candidato a ganar hoy o en segunda vuelta, a mediados de junio, no es partidario de los acuerdos firmados que, según él y su partido, van en contra de las víctimas y solo favorecen a los vencedores.

Las espadas están en alto, y no es nada probable que tengamos resultados hoy: Colombia seguramente irá a las urnas en junio para dirimir su próximo presidente de la República. Tampoco está nada claro quiénes serán los que acudan al balotaje. Este domingo, al filo de las 17.00 horas (media noche en Europa), se despejarán algunas incógnitas; esperemos hasta entonces.

Colombia: el candidato Petro

petro_4.jpgGustavo Petro puede llegar al poder en Colombia. Las próximas elecciones presidenciales, el 27 de mayo, o en la segunda vuelta alrededor de un mes después, decidirán el futuro de Colombia en los próximos años.

El candidato Petro milita en Polo Democrático Alternativo (PDA), por el que se presentó a las interpartidistas de marzo, ganándose el puesto para las presidenciales de la próxima semana.

Desde que quedó segundo en esas interpartidistas, ha ido escalando posiciones en las encuestas a base de puro marketing político. Tuits, discursos y debates muy bien medidos lo mantienen en primera línea de la comunicación política; eso, unido a sus poses artificiales y ciertos exabruptos al estilo Trump, le están convirtiendo en un serio aspirante a la presidencia de la República de Colombia.

El candidato Petro, antiguo militante de la organización guerrillera insurgente –es decir, terrorista– de izquierda M-19, convertido a político, está sabiendo legar a las masas de votantes, cambiando su presencia y su discurso, hoscos y toscos, por modelos más refinados de una y otros, aprendiendo así de la forma de hacer política del difunto Chávez e incuso de Donald Trump.

Su equipo de asesores se está ganando su sueldo, que debe ser elevado. De ese sueldo, a algunas fuentes en Colombia les cabe la duda de quién lo paga. ¿Puede que éste sea el candidato oculto de las FARC?

En todo caso, la solución, el domingo 27 o a finales de junio, tras el posible balotaje.