Macrón y Snchz, presidentes por accidente


En 2017, Emmanuel Macron era la tabla de salvación de una Francia descabezada; llegaba al poder un reformista al que saludaban los gobiernos europeos como ejemplo de un joven político con poca experiencia –de asesor a ministro de Economía– pero con ganas y a modo de aglutinador de “los demócratas” frente a los extremos de la izquierda y la derecha.


Tan grande se presentía su éxito que el siempre presente Albert Rivera se apresuró a compararse con él y “apadrinarlo” como socio de ideología, si es que uno y otro la tienen.


Sin embargo, la joven y casi inexperta promesa, que pensaba que gobernar una república era cosa de voluntad, se ha ido topando en poco más de un año con la dura realidad: gobernar es tomar decisiones, situarse en un lugar, y para ello hay que estar muy preparado. Una preparación que dan los estudios, sí, pero también la experiencia y el juicio templado que otorga, en ambos casos, el paso del tiempo.


En España, por mor de una moción de censura que ha aglutinado a socialistas, comunistas, nacionalistas y otros “istas” que velan poco por la nación, nos gobierna también un relativamente joven y muy inexperto profesor universitario reconvertido a la cosa pública, que accedió al poder prometiendo todo a todos, menos la cordura necesaria a los españoles.


Con conocimientos sui generis de economía, reconocido “anti” –anti todo lo que huela a oponerse a sus ideas que son, a la sazón, ser importante a costa de lo que sea– y militante de una izquierda tan radical que se atreve a cerrar el puño y cantar el Cara al Sol de la izquierda más recalcitrante: La Internacional. Y aquí hago un inciso para invitar al lector a que compare las letras de ambas canciones y se diga a sí mismo cuál de las dos le da más miedo.


Decía que con esas características, y ni un solo mérito, ha llegado al poder para gobernar a 46 millones de personas con menos de un tercio de los diputados del Congreso y con la mayoría absoluta del partido rival –enemigo para él– en el Senado.


Así las cosas, el primero, Macron, no ha tenido un año apacible en su gobierno: disturbios, retroceso económico, y algunas lindezas más, coronadas por el asunto de su guardaespaldas y la prepotencia del joven líder de la República a la hora de tratar el caso. De hecho, Rivera, siempre Rivera, se ha olvidado de él.


Pierde fuelle y se deja la credibilidad en reformas cosméticas pero sin calado, no en las reformas que Francia necesita para recuperar la grandeur en materia de crecimiento, trabajo, convivencia y otras cuestiones no menores que exigen decisiones, es decir, tomar postura y llevarla a la práctica.


El segundo, Pdr Snchz, el líder sin vocales ni diputados, ni él lo es, gobierna a golpe de todo lo que denigraba en la presunta derecha: decretazos. Y lo hace a base de entreguismos, egoísmo, Falcon, helicóptero, prepotenecia, cinismo, esposa, enchufes y falta de ideas –la primera mala, poner a un dircom como director de Gabinete, como ha demostrado los fallos de todos los que hicieron lo mismo antes que él–. Con Franco como enemigo, un Franco muerto y olvidado, salvo en La Sexta, que él ha resucitado para todos los que no vemos ese canal de TV, los demás problemas pasan a un segundo plano. Y es que resulta que el problema, como Luis XIV y el Sol, es él.


¡Que Dios ayude a franceses y españoles!

Un gesto humanitario loable pero con matices

AquariusAyer, el Gobierno de España declaró la acogida de los 629 inmigrantes que viajan en el Aquarius. Una decisión humana –quiero pensar que no política ni de momento foto, a pesar de que ya se ha ofrecido hasta el presidente de la comunidad autónoma de Extremadura y el de la de Cataluña–, entendible e impecable, si no fuera por lo que implica.

También tiene consecuencias la actuación del Aquarius y de los barcos de las ONG que transitan el Mediterráneo rescatando de la mar inmigrantes dejados a su suerte por las mafias de comercio de seres humanos que hacen su negocio en el norte de África y en las zonas más deshumanizadas de Oriente Medio. La labor es también humanitaria, también impecable, pero con consecuencias.

Un gesto y otro, laudables y dentro de todos los cánones de las decisiones humanitarias, tienen la misma implicación: ayudan a las mafias de inmundos comerciantes de seres humanos a hacer su trabajo con menos “calidad”: ya no tiene que preocuparse por que los inmigrantes lleguen a la ribera norte del Mediterráneo; sólo tienen que hacerlos navegar unas millas de la costa africana para haceros llegar mar adentro. Luego, los barcos bienintencionados de las ONG harán el resto. Más ganancias para el negocio de tráfico de seres humanos.

Además, la decisión del Gobierno, si no es puntual, causará un efecto llamada –ya hay un barco alemán navegando hacia Valencia; le seguirán otros.

La crisis migratoria es una tragedia; no cabe duda de ello. Pero la solución no puede ser el vaciado de un continente para llenar el vecino. Eso es pan para hoy y hambre para todos mañana, un mañana no muy lejano. La solución está en el origen, en buscar salidas a los problemas que causan las migraciones. No es sencillo, y no es a corto plazo, pero es la única forma de acabar con ello. Eso, y combatir en la orilla sur del Mediterráneo a esas mafias, y hacerlo con toda la fuerza posible.