Perdón, justicia, reparación y verdad (y IV)

Un café en el Marriot

Así podría titularse esta cuarta y última entrega, a la que se podría añadir “y las conclusiones”, aunque esto sea algo pretencioso.

El hombre clave

El lunes fui a un centro comercial cercano al hotel a comprar El hombre clave (imagen de la izquierda). Me lo había recomendado un asesor de la gobernadora del Departamento del Meta y lo encontré en la Librería Panamericana.

Al volver al hotel, me di cuenta de que me estaban buscando varios asesores de uno de los altos funcionarios de una institución clave en Colombia. El magistrado, que había organizado nuestro viaje, quería hablar conmigo.

Dicho y hecho; me reuní con él a tomar café y hablar en confianza. En unos treinta minutos, le hice un resumen de la vivencia del fin de semana. De la posición de las FARC, en la parte que conocí, de sus problemas actuales, su postura y sus miedos. De sus ganas de reintegrarse en la sociedad y ser productivos en vez de asesinos. También le hablé de mi conversación con la Gobernadora y con el conductor. Todo ello está en las entregas anteriores.

Me preguntó por el poblado, por las condiciones de vida y por la existencia o no de niños; ahí me di cuenta de que la vivencia que habíamos tenido las dos personas que habíamos ido a Mesetas era todo un lujo: él no ha estado; pregunta para conocer –eso hace que te agradezca aún más la gran oportunidad–.

Hay niños, sí. Se ve vida normal, le dije. Tal vez ellos sean el nexo de unión con el resto de la sociedad. En el monte, los guerrilleros tenían prohibido tener hijos; ahora, sin embargo, los tienen. Han formado familias y cuando uno se hace responsable de hijos, la perspectiva cambia de forma natural y lógica.

También me preguntó por su intención de votar. Lo habían hecho 80 en primera vuelta y lo harán, de idéntica forma, los mismos ochenta en segunda. Se da la circunstancia curiosa de que algunos pueden formar parte de las listas electorales, pero no pueden votar por estar condenados por delitos de lesa humanidad. Tomó nota de esa paradoja.

Coincidimos los dos en que el proceso de paz es ya irreversible; yo le confesé que mi percepción había cambiado y que, aunque tras leer los acuerdos de La Habana pensé que había cosas inasumibles, estaba convencido –lo estoy– de que no hay vuelta atrás y de que es lo mejor que puede pasar a la sociedad colombiana. Tienen derecho a una reparación, pero también a mirar adelante.

No coincidimos en algo: los territorios. La cesión de terrenos a los exguerrilleros puede ser un problema, en mi opinión; él piensa que es la mejor solución para ayudarles a reintegrarse en la sociedad. Yo creo que los demás ciudadanos también lo necesitarían. Pero acepto su opinión por encima de la mía porque él conoce Colombia; yo sólo soy un aprendiz, por  más que me guste el país y, sobre todo, sus habitantes.

El documento de acuerdos es largo, 310 páginas, y no es perfecto, pero es el camino. El proceso se inició con Uribe, de una forma, y se culminó con Santos, de otra. El libro cuya imagen ilustra esta publicación es esclarecedor de las distintas posturas y, aunque con errores de redacción, es muy recomendable y se lee rápido.

Duque es el nuevo presidente electo; dice que revisará los acuerdos; si es para perfeccionarlos, adelante, pero debería hacerlo bajo la perspectiva de que la paz es un bien irrenunciable y de que los colombianos se merecen enterrar a sus muertos y seguir adelante. Se enfrenta, lo hablamos en esta conversación, a una difícil tarea: reducir la pobreza y la desigualdad. Fueron dos de los factores que llevaron a los guerrilleros a echarse al monte, lo cual no les justifica de ninguna manera.

También tiene que solucionar los tres frentes de las FARC (los 1, 7 y 40) que han vuelto a ese monte, los disidentes, que ahora se dedicarán a la cocaína y a la delincuencia en general en cuerpo y alma. Sólo son novecientos, pero están organizados. Que no crezcan; al revés, que desaparezcan, por vía legal, cuanto antes. La paz no tiene vuelta atrás. Colombia lo necesita.

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