Perdón, justicia, reparación y verdad (III)

Este asunto sólo iba a tener tres entradas; sin embargo, un café el lunes en Bogotá con un alto funcionario del Estado colombiano creó una cuarta. Pero vamos con esta, la tercera.

Militares colombianosÉl –omito el nombre, pero no es anónimo– fue nuestro conductor el pasado fin de semana; en esos días, escuchó mucho y habló poco; como buen conductor oficial es consciente de que la discreción en ese oficio es una de las claves.

Sabía que había sido militar profesional en el Ejército colombiano durante ocho años, pero no era consciente de que esos años los pasó en lucha directa contra las FARC.

Sin embargo, el domingo comimos sólo cuatro de nosotros y, en familia, tuve la ocasión de hablar con él con más profundidad mientras degustábamos una carne “mamona” –de ternera, para los malpensados– y algún otro producto de la región, en un municipio a las afueras de Villavicencio, la capital del Departamento del Meta.

Así, entre risas y bromas, también llegó el momento de la seriedad. Charlábamos en confianza, con la libertad de opinar, pensar y sentir sin restricciones. Al final de la comida, mientras degustábamos un tinto –café solo–, empezó a hablar de su experiencia.

Había pasado esos ocho años de servicio “dándose plomo” con las FARC; es decir, combatiendo de frente, “a penas a unos metros”, jugándose la vida. Matando y muriendo cada día un poco. Una bala a pocos centímetros de sus testículos atestiguan su lucha armada en el Ejército, la misma bala que le hizo causar baja en esas fuerzas que eran su vida.

Lloró el día que dejó de vestir el uniforme y lo echa de menos, pero  no quiere ni de lejos que sus hijos sigan su camino: “Que estudien y salgan de esto”. De baja estatura, complexión fuerte y amabilidad por bandera, ama su antigua profesión pero no para ellos.

Desde que acabó la guerra, en palabras de los acuerdos de paz, ha reconocido a algunos de los hoy excombatientes –de nuevo, terminología de los acuerdos– con los que se enfrentó a tiros en el monte y aún no ha superado esa sensación que uno tiene frente al enemigo. Cuesta perdonar a quienes mataban, y a quienes lo hirieron gravemente, y a quienes hicieron imposible la vida en el país.

Sin embargo, reconoce que hay que avanzar hacia la paz; que es lo mejor, a pesar de no poder olvidar esas caras de los guerrilleros a los que se enfrentaba a vida o muerte, de tenerlas presentes cada día. Les disparó, le dispararon. Mató en combate; vio morir a compañeros. Tuvo a tiro a niños guerrilleros y no pudo disparar, hasta que tuvo que aprender a hacerlo.

La huella del conflicto es profunda en su corazón, pero reconoce que quiere la paz para sus hijos. Y para su mujer –se casa esta semana–. Es la visión de un combatiente, de un soldado que lo dio todo por alcanzar la victoria.

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