La Rusia de Putin

Dos libros que acabo de leer, La nueva Rusia, de Peter Pomeranstev, y El fin del “Homo sovieticus”, de Svetlana Aleksiévich, nos hacen un retrato de Rusia. El primero, de la Rusia de Putin y su aparato propagandístico;

el segundo, de las dos Rusias que hoy conviven –es un decir– en la Federación Rusa del siglo XXI.

Este país es hoy una autocracia que trata de reverdecer el Imperio zarista y a su heredera, la URSS, bajo la bota de un exagente del KGB que, gracias a un extraordinario entramado propagandístico, se hizo con el poder en país en el año 2000 y ya no lo va a soltar jamás de forma voluntaria, ejerciendo en Rusia un régimen personalista y despótico que no permite la crítica seria y, mucho menos, una oposición estructurada y real.

Las razones por las que los rusos apoyan al autócrata son difíciles de analizar en su totalidad, pero leyendo el libro de Aleksiévich podrás observar cómo en la Federación Rusa hay una dicotomía entre los que añoran la Unión Soviética y los que adoraron a Gorvachov, y tal vez Putin haya sabido aglutinar a ambas partes engañándolas a las dos gracias a su aparato de propaganda en forma de medios de comunicación, del que puedes conocer más en el libro de Pomerantsev.

Dice esta autora que durante setenta años, el laboratorio marxista leninista creó un “homo sovieticus”, un singular tipo de persona que no conocía nada más allá de las fronteras del espacio soviético. Tras el derrumbe del imperio, esa persona, ese “homo sovieticus” quedó atrapado en el pasado y trató de sobrevivir en un mundo ahora hostil y despiad

La nueva Rusia

ado.

Sin embargo, los que no habían sucumbido a las presuntas delicias del comunismo, vieron en Gorvachov, en su perestroika y en su glasnost, un soplo de vida. Unos y otros sufrieron, tras 10991, el surgimiento de las mafias y la conversión de su economía dirigida en una clase de economía capitalista mafiosa.

Putin, al llegar al poder, puso cerco a las mafias particulares y las elevó a categoría de Estado, rememorando al rey Sol, “El estado soy yo”, y se declaró amo de todo. Pero tuvo la capacidad de devolver a los rusos la sensación de importancia como bloque que había perdido tras la desintegración el estado soviético.

Hoy, Putin ha hecho de su país una autocracia –lo más parecido a una dictadura– que quiere recuperar su posición de prestigio en el orden mundial. En el interior, proyecta una

imagen de seguridad inigualable, dando la sensación de ser ese gran líder que Rusia necesita. Fuera de las fronteras rusas, hace todo lo posible por ensuciar la vida internacional, convirtiendo a Rusia en un Estado gamberro –por decirlo suavemente–. Y para ser potencia mundial, no duda en enfangar el terreno de las relaciones internacionales.

Aún siendo una serie de televisión, la temporada más reciente de Homeland hace un relato muy creíble de las ambiciones del jefe del Estado ruso y de sus maneras en la arena internacional.

 

En Malasia gobernará un nonagenario

Mahathir MohamedMe entrevistaba el viernes UN Radio, de Colombia, una emisora con la que colaboro desde hace años, sobre las elecciones en Malasia, en donde la coalición Pakatan Harapan (Alianza de la Esperanza) ha ganado las elecciones con un líder, Mahathir Mohamed, de 92 años que había pertenecido al partido hasta ahora en el poder, la Barisan Nasional (Coalición Nacional), envuelta, cómo no, en un gran escándalo de corrupción, destronando al primer ministro Najib Razak quien, presuntamente, se ha quedado “carne entre las uñas”, es decir, una buena cantidad de dinero destinado a las necesarias mejoras en el país.

Charlábamos –al final, esas entrevistas acaba siendo una charla entre amigos– sobre las razones por las que una persona de 92 años se ha llevado en voto de las generaciones digitales y de personas hasta los 40 años; incluso, a pesar de los esfuerzos de Najib por conceder prebendas en forma de exención de impuestos, con carácter retroactivo, a los más jóvenes, y de las reformas electorales en su favor realizadas previamente.

Habrá que estudiar su campaña electoral, pero hay, sin duda, dos factores importantes. El primero, el hartazgo de la población mundial en general con la corrupción política. Nuestros gobernantes, en cualquier lugar del mundo, más parecen creerse servirse de lo público, y ser beneficiarios del dinero de nuestros impuestos que servidores públicos.

El segundo, la promesa de dejar el poder en dos años a Anwar Ibrahim, encarcelado por sodomía –sí, lees bien: allí es un delito; pon los emoticonos que quieras– y que más parece estar en la cárcel por motivos políticos que por delitos reales. Dos años para encauzar el rumbo, tras su experiencia de gobierno.

Lo que es cierto, es que en Malasia hay un ambiente de alegría del que participan jóvenes, ancianos y familias de las tres principales etnias de Malasia –la malaya, con un 69 por ciento, la china con un 24% y la india con un 7 por ciento– para celebrar un nuevo futuro que procede del pasado, ya que Mahathir ya gobernó el país durante más de dos décadas, entre 1981 y 2002.

Mucha suerte en esta nueva etapa.

La falta de Marca Europa

Reproduzco a continuación el artículo publicado en el último número de La Revista de la ACOP.

La falta de Marca Europa

Europa tiene un problema de identidad. Si el lector se toma la molestia de abrir Google y escribir “Marca Europa” se dará cuenta de ello; el resultado es decepcionante ya que apenas se obtienen resultados relevantes.

Cualquier organización necesita una marca, unas señas de identidad que transmitir a sus públicos objetivo. Lo tuvo claro el primer Gobierno Rajoy cuando creó, en el Ministerio de Asuntos Exteriores y de Cooperación, una Dirección General de Medios y Diplomacia Pública, y retomó el proyecto Marca España que tímidamente inició el presidente Aznar y quedó en el olvido en las dos etapas de Rodríguez Zapatero; la mejor ayuda para superar la crisis era transmitir una identidad paraguas en el exterior que amparase productos y servicios españoles y que combatiese las insidias de The New York Times y The Economist, entre otros medios anglosajones que, en esos años de crisis, se hicieron evidentes en reportajes y portadas.

Lo tiene claro la OTAN, que cuenta con una división de diplomacia pública dedicada en exclusiva a informar de las señas de identidad de la Alianza y que fomenta las actividades encaminadas a decir y explicar lo que es la organización y para qué sirve y actúa.

Sin embargo, la Unión Europea, ese mecanismo complejo, de gran cantidad de instituciones y de sedes en algunos casos duplicadas, no da con la tecla adecuada para crear una verdadera Marca Europa, con unas señas de identidad únicas, comunes y claras. Esta complejidad institucional junto con la falta de una planificación clara, y la todavía preponderancia de los gobiernos nacionales frente a la comunidad en determinadas políticas, dañan la imagen de la Unión y hacen que su comunicación sea imprecisa.

A pesar del tener un departamento de comunicación en la propia Comisión, los movimientos antieuropeístas le ganan la partida. Los canales de comunicación institucionales suelen generar poca confianza; las instituciones pierden credibilidad por su lejanía al ciudadano y por la imagen que, en los últimos tiempos, están dando quienes las gestionan, y el usuario de esas instituciones, que las alimenta con sus impuestos, se pregunta para qué sirven, sin fiarse de que la respuesta dada a través de esos canales tradicionales sea algo más que un mero cliché. Este hecho aumenta la necesidad de realizar más y mayores esfuerzos utilizando una herramienta también al servicio de la acción exterior, la diplomacia pública, mediante una estrategia bien planificada y unas acciones con objetivos definidos a medio y largo plazo que convenzan al contribuyente de la necesidad de mantener las estructuras de la UE.

Para ello, la comunicación estratégica, el fomento de la identidad de marca y las relaciones públicas, son herramientas imprescindibles para convencer a la audiencia de que vale la pena apoyar los valores de la Unión.

Si bien es cierto que antes hay que establecer puntos comunes, más allá de los meramente económicos que son los que parecen ser el vértice de la UE en este momento. A la diplomacia pública se le ayuda con puntos de encuentro y sin discrepancias, con una planificación inequívoca; y una de las claves de esta falta de unión es la política exterior y de seguridad común, tan poco clara en el seno de la organización supranacional.

A los países les resulta complicado el fomento de sus señas de identidad; cuánto más a los organismos internacionales; la mayor parte de los ciudadanos piensan, en el caso de la UE de forma equivocada, que el trabajo que desempeñan es demasiado complicado y ajeno a las preocupaciones diarias; ese es el error del ciudadano, y es el trabajo de la inexistente diplomacia pública de la UE.