A propósito de la gran boda británica

harry-meghan-1526467440.pngMeghan se casa con un tal Harry. Sí, ella, la guapísima coprotagonista de Suits, abandona la soltería –tras un divorcio– para emparentar con la realeza británica, todo un símbolo mundial y una monarquía reinante, sin gobernar, en los 53 países que componen la Commonwealth.

La Casa Real británica es mucho más que una monarquía; si sólo fuera eso, los que no somos especialmente monárquicos no sentiríamos atracción por ella; no una atracción desmedida, pero sí una gran curiosidad por saber cómo se mantienen en lo alto de las noticias mundiales, cuando están encabezados por una persona nonagenaria, con casi 66 años de trono, que apenas ha emitido nunca una opinión sobre nada. Unos dicen que porque no tiene opiniones; otros, que cumple fielmente su trabajo de mantenerse al margen de la vida política.

Isabel II ha atravesado baches en su reinado. Uno muy importante fue el que ella misma denominó “año horrible”, 1992, en el que se produjo la doble separación de sus nueras y el divorcio de la princesa Ana. Ese bache en imagen ha quedado superado por un aumento de la valoración positiva de los británicos sobre la monarquía, en parte gracias a ella, aunque también a la juventud desenfadada de sus nietos y sus matrimonios con plebeyas. Según encuestas nacionales, dos de cada tres británicos, menos entre los jóvenes y menos aún entre los escoceses, piensan que la monarquía beneficia a las islas.

En definitiva, Meghan se nos casa y Suits nunca será lo mismo sin ella –si es que la serie pervive, que con tanto enredo, dejé de verla hace un par de temporadas, a pesar de la belleza innegable de esta mujer–, y la realeza de las islas incorpora más aire fresco a su famila. ¿Se puede pedir más?

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